Resumen Camino de Servidumbre

EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE



Por Friedrich A.Hayek

Introducci?n a la edici?n sintetizada.

El Camino de la Servidumbre fue un libro que no encontr? difusi?n ni popularidad en Occidente tras su aparici?n en 1944. El ambiente ideol?gico imperante le era francamente hostil: era el mismo que exist?a en Cuba en la ?poca prerrevolucionaria. El mismo que no pudo ofrecer pr?cticamente ninguna resistencia a que Fidel Castro llegara al poder e instituyera el comunismo en Cuba. ?Qu? ambiente era ese? ?Cu?l se pensaba entonces que era el camino del progreso y el desarrollo? Pero ?qu? dec?a la experiencia hist?rica sobre el mismo? Ese es el tema de este libro.

Es un texto agudo, prof?tico, uno de las grandes producciones liberales del siglo XX. Estoy seguro de que si hubiera sido popular entre nosotros antes del triunfo de la revoluci?n, Fidel Castro no hubiera haber podido hacer lo que hizo. No s?lo eso. Si conseguimos hacerlo popular entre nuestros intelectuales, aun ahora, pudi?ramos ahorrarnos grandes frustraciones en el futuro.

El Camino de la Servidumbre es un libro de poco m?s de 200 p?ginas. La s?ntesis de una obra tan densa, y tan rica, no es tarea f?cil. Hice una amplia utilizaci?n de las negritas para tratar de compensar con ese ?nfasis la eliminaci?n de ciertas reiteraciones. Igualmente, en unos pocos casos, he simplificado un tanto la redacci?n para ganar en claridad expositiva. No pude resistir la tentaci?n de hacerle algunos comentarios al texto, que aparecen numerados al pie de cada cap?tulo y que, por supuesto, s?lo representan mis opiniones personales. S?lo espero que este trabajo despierte en los lectores el inter?s por leer el insustituible original, tan poco conocido entre nosotros.

Adolfo Rivero Caro



RESUMEN DE ?EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Introducci?n

Los estudiantes de la historia de las ideas dif?cilmente puedan dejar de apreciar algo m?s que una similitud superficial entre la tendencia del pensamiento alem?n despu?s de la I Guerra Mundial y la tendencia del pensamiento actual en las democracias occidentales. Hasta hace muy poco tiempo, las pol?ticas socialistas de los gobiernos alemanes eran consideradas como un modelo para los ?progresistas?, de la misma forma en que han sido consideradas las de Suecia m?s recientemente. Pocos han tenido el coraje de reconocer que el ascenso del fascismo y del nazismo no ha sido una reacci?n contra el socialismo anterior sino precisamente su consecuencia, y que los conflictos entre la ?derecha? del nacionalsocialismo y la ?izquierda? comunista no han sido sino luchas entre fracciones socialistas rivales.

Actualmente (1944) existe entre las democracias occidentales la misma determinaci?n, t?pica de Alemania despu?s de la I Guerra Mundial, de preservar el tipo de organizaci?n nacional en la paz que hab?a servido para los fines de la guerra. Hay el mismo menosprecio por el liberalismo del siglo XIX, el mismo espurio ?realismo? e incluso el mismo cinismo y la misma aceptaci?n fatalista de las ?tendencias inevitables? de la econom?a. Tal parece como si existiera un rechazo a aprender de las lecciones de la historia.

A trav?s de todo el libro utilizo el t?rmino ?liberal? en el sentido original del siglo XIX que todav?a es habitual en Inglaterra. Sin embargo, con frecuencia su uso habitual en Estados Unidos viene a significar casi exactamente lo contrario. Ha sido parte del camuflaje del movimiento izquierdista de ese pa?s, ayudado por la confusi?n de muchos que realmente creen en la libertad, que ?liberal? haya venido a significa la defensa de casi todo tipo de control gubernamental. Todav?a me resulta enigm?tico por qu? los que verdaderamente creen en la libertad en Estados Unidos no s?lo permitieron que se apoderara de este t?rmino, pr?cticamente indispensable, sino que casi la ayudaron al comenzar ellos mismos a utilizarlo como t?rmino de oprobio. Esto parece particularmente lamentable dado la consiguiente tendencia de los verdaderos liberales a describirse a si mismos como conservadores.

Es cierto, por supuesto, algunas veces, en la lucha contra los que creen en el estado todopoderoso, los verdaderos liberales tienen que hacer causa com?n con los conservadores y, en algunas circunstancias, como en la Gran Breta?a contempor?nea, dif?cilmente tengan otra forma de trabajar activamente por sus ideales. Pero el verdadero liberalismo sigue siendo muy distinto del conservadurismo, y el conservadurismo, aunque un elemento necesario en cualquier sociedad estable, no es un programa social; en sus tendencias paternalistas, nacionalistas y adoradoras del poder frecuentemente est? m?s cerca del socialismo que el verdadero liberalismo; y con sus propensiones tradicionalistas, anti-intelectuales y frecuentemente m?sticas, nunca, excepto en cortos per?odos de desilusi?n, resultar? atractivo para los j?venes y para todos los que creen que algunos cambios son deseables si este mundo ha de convertirse en un lugar mejor. Un movimiento conservador, por su propia naturaleza, est? obligado a defender los privilegios establecidos y apoyarse en el poder del gobierno para la protecci?n de esos privilegios. Sin embargo, lo esencial de la posici?n liberal es la negaci?n de todo privilegio, si por privilegio se entiende, en su sentido propio y original, un estado que garantiza y protege derechos disponibles para algunos y no para otros (1).

(1) La sociedad norteamericana contempor?nea se ha alejado enormemente del ideal liberal. La izquierda americana, que se siguen llamando ?liberal? dentro del Partido Dem?crata, est? integrada por los modernos herederos del utopismo comunista. Consideran al estado como el instrumento id?neo para resolver todos los problemas de la sociedad. Han construido un enorme estado de beneficencia social (welfare state) y luchan por proteger privilegios, como la acci?n afirmativa, para determinados grupos como negros y mujeres, homosexuales, inv?lidos, viejos, veteranos y muchos otros. Y, a trav?s del llamado ?multiculturalismo? est?n impulsando la balcanizaci?n del pa?s.



Cap?tulo I
El Camino Abandonado


Desde por lo menos 25 a?os antes de que el espectro del totalitarismo se convirtiera en una amenaza real, nos hemos estado alejando de las ideas b?sicas que han servido de fundamento a la civilizaci?n occidental. Hemos ido renunciando progresivamente a la libertad en los asuntos econ?micos. Sin embargo, sin esa libertad en los asuntos econ?micos, la libertad pol?tica y personal nunca ha existido en el pasado. Aunque hemos sido advertidos por los m?s grandes pensadores pol?ticos del siglo XIX como De Tocqueville y Lord Acton, de que el socialismo significa esclavitud, nos hemos estado moviendo precisamente en la direcci?n del socialismo.
Nos hemos estado alejando r?pidamente no s?lo de las ideas de Adam Smith y Hume, sino de las de Locke y Milton, y hasta de las caracter?sticas b?sicas de la civilizaci?n occidental establecidas por el cristianismo y la filosof?a de los griegos y los romanos. Se ha estado abandonando progresivamente el individualismo b?sico de Erasmo y Montaigne, de Cicer?n y T?cito, de Pericles y Tuc?dides. El individualismo se ha convertido en una mala palabra, y se ha querido hacer sin?nimo de mezquindad y de ego?smo. Esto es completamente err?neo. El individualismo es el opuesto del socialismo, el fascismo y las dem?s formas de colectivismo. Los rasgos esenciales del individualismo se han derivado de elementos cristianos y de la filosof?a de la antig?edad cl?sica que se cristalizaron por primera vez en el Renacimiento, y que se siguieron desarrollando en lo que conocemos hoy como la civilizaci?n occidental (2).
La progresiva transformaci?n de un r?gido sistema jer?rquico e otro sistema en donde los hombres pudieran intentar escoger su propio camino y donde hubiera la posibilidad de escoger entre diversas formas de vida, se encuentra ?ntimamente relacionado con el desarrollo del comercio. Una nueva perspectiva de la vida fue extendi?ndose junto con el comercio desde las ciudades comerciales del norte de Italia hacia el norte y el oeste, a trav?s de Francia y del suroeste de Alemania hasta Holanda y las islas brit?nicas, echando profundas ra?ces dondequiera que no hubiera alg?n despotismo que pudiera asfixiarla.
Fue en Holanda y en Inglaterra donde el comercio pudo desarrollarse mejor y convertirse en el fundamento de la vida pol?tica y social de esos pa?ses. Y fue de ah? que, a fines de los siglos XVII y XVIII comenz? de nuevo a extenderse, en una forma m?s desarrollada, hacia el este y el oeste, hacia el Nuevo Mundo y el centro de Europa, donde la opresi?n pol?tica y guerras devastadoras hab?an asfixiado los tempranos inicios de un desarrollo similar.
Durante todo este per?odo moderno de la historia de Europa, la direcci?n general del desarrollo social hab?a sido hacia la
liberaci?n del individuo de las tradiciones culturales que lo manten?an limitado en sus actividades ordinarias. La consciencia de que los esfuerzos espont?neos de los individuos eran capaces de producir un orden complejo de actividades econ?micas, como era el mercado, s?lo pudo producirse despu?s que ese desarrollo hubo hecho alg?n progreso. La subsiguiente elaboraci?n de una argumentaci?n coherente a favor de la libertad econ?mica fue el resultado del libre crecimiento de esa actividad econ?mica que, a su vez, hab?a sido el resultado, espont?neo e imprevisto, de la libertad pol?tica.
Quiz?s si el mayor resultado del desencadenamiento de las energ?as individuales fue el maravilloso crecimiento de la ciencia que sigui? la marcha de la libertad individual de Italia a Inglaterra, y m?s all?. Por supuesto que en otras ?pocas la capacidad de invenci?n no hab?a sido menor. Sin embargo, en otras ?pocas, los intentos de extender el uso de las invenciones mec?nicas hab?a sido r?pidamente suprimido y el anhelo de cocimiento hab?a sido sofocado. La concepci?n dominante en la mayor?a se utilizaba como justificaci?n para rechazar al innovador individual. S?lo desde que libertad industrial abri? el camino para explorar nuevos conocimientos, s?lo cuando todo pudo ensayarse -si se pod?a encontrar a alguien que lo respaldara a su propio riesgo- fue que la ciencia comenz? a avanzar con pasos de gigante.
Lo que el siglo XIX a?adi? al individualismo del per?odo precedente fue la consciencia de la libertad, el desarrollo sistem?tico de lo que hab?a ido creciendo de manera espont?nea, y extender esas ideas de Inglaterra y Holanda al resto de Europa.
Los resultados de este crecimiento superaron todas las expectativas. Dondequiera que se eliminaron las barreras al libre ejercicio del ingenio humano, el hombre pudo satisfacer un diapas?n cada vez m?s amplio de sus necesidades (3). Y aunque el aumento del nivel de vida llev? a descubrir r?pidamente aspectos tenebrosos de la sociedad, aspectos que la gente ya no estaba dispuesta a tolerar, el progreso lleg? a todos los estratos de la sociedad. L?gicamente, el ?xito desarroll? la ambici?n. Pronto, lo que hab?a sido una deslumbradora promesa dej? de parecer suficiente. Se percibi? el ritmo del progreso como muy lento, y los mismos principios que hab?an hecho posible ese progreso comenzaron a percibirse como obst?culos para un progreso todav?a m?s r?pido.
Los principios b?sicos del liberalismo no se oponen en lo m?s m?nimo al cambio. El principio fundamental del liberalismo: que para el ordenamiento de nuestros asuntos debemos hacer tanto uso como sea posible de las fuerzas espont?neas de la sociedad, y recurrir tan poco como sea posible a la coerci?n, es capaz de infinitas variaciones. Y, por supuesto, tambi?n ha progresado nuestra comprensi?n de las fuerzas sociales y de las condiciones m?s favorables para que esos principios funcionen de la mejor manera posible. (p?g. 18)
En realidad, la p?rdida de popularidad del liberalismo se explica, en cierta medida, por su propio ?xito. Ha venido a ser considerado un credo ?negativo? porque no puede ofrecerle a los individuos otra cosa que una participaci?n en el progreso general. Sin embargo, ya no se reconoce que ese progreso ha sido precisamente el resultado de la pol?tica liberal de libertad. Todo lo contrario, los hombres se han acostumbrado tanto a su nueva prosperidad que ahora las desigualdades les parecen insoportables e injustificadas. Ahora, la gran pregunta no es por qu? algunos llegan a la riqueza, sino por qu? no todos somos ricos.
En este cambio de perspectiva ha jugado un papel decisivo la transferencia acr?tica al terreno social de los h?bitos intelectuales engendrados por los h?bitos del ingeniero. Desde hace tiempo se pretende desplazar los an?nimos e impersonales mecanismos del mercado por la direcci?n ?consciente? de todas las fuerza sociales para poder alcanzar objetivos deliberadamente escogidos. En este proceso, ha sido muy importante que Inglaterra haya perdido su hegemon?a cultural alrededor de 1870 y que ?sta fuera pasando a Alemania. Hegel, List, Marx, Sombart y Mannheim se convirtieron e los pensadores m?s influyentes del mundo interpretando las ideas liberales como simples racionalizaciones de intereses ego?stas.
2) Actualmente, la arremetida contra la civilizaci?n occidental en Estados Unidos es directa. Bajo las banderas del llamado multiculturalismo, en numerosas universidades se han abandonado o rebajado dr?sticamente los tradicionales estudios sobre civilizaci?n occidental. Recientemente, la Universidad de Yale rechaz? una donaci?n de $20 millones (!) simplemente porque el donante quer?a que se invirtieran en el fortalecimiento de esos estudios tradicionales. Los multiculturalistas consideran que esos estudios son euroc?ntricos (es decir, de inter?s s?lo para descendientes de europeos y no de los mexicanos, chinos, vietnamitas, etc., que viven en Estados Unidos), racistas (de inter?s s?lo para blancos) machistas (de inter?s s?lo para varones) y hom?fobos (saturados de un temor patol?gico a los homosexuales). Y esto se ha convertido, en el decursar de las ?ltimas tres d?cadas, en la ideolog?a dominante en los medios acad?micos y de comunicaci?n en Estados Unidos. No es extra?o que los disidentes cubanos hayan encontrado tan poco apoyo en ellos. Quiz?s resida aqu? una de las claves ocultas de la supervivencia del r?gimen de Fidel Castro.
(3) Las consecuencias para la especie humana fueron incalculables. La poblaci?n de Europa, la m?s adelantada del planeta, se hab?a mantenido est?tica durante siglos. Pero, a partir del siglo XVIII, su crecimiento comenz? a acelerarse. Creci? de 140 millones en 1750 a 187 millones en 1800, a 266 millones en 1850. Pero este crecimiento no se limit? a los pa?ses europeos sino que se extendi? al mundo entero. La poblaci?n de Asia, por ejemplo, creci? en 300 millones en este mismo tiempo. La explosi?n demogr?fica, la mejor demostraci?n de la efectividad del capitalismo, ha seguido incontenible hasta el d?a de hoy. Y, a pesar de todo, el crecimiento de la productividad del trabajo siempre se ha mantenido siempre por delante del crecimiento demogr?fico.



Cap?tulo II
La Gran Utop?a


El extraordinario que el socialismo haya desplazado al liberalismo como la doctrina ?progresista? de nuestro tiempo. Es extraordinario teniendo en cuenta que el socialismo fue reconocido tempranamente como una peligrosa amenaza para la libertad. No s?lo eso. El socialismo comenz? como una reacci?n abierta contra el liberalismo de la Revoluci?n Francesa. Ahora casi nadie recuerda que, en sus or?genes, el socialismo era francamente autoritario. Los escritores franceses que pusieron las bases del socialismo moderno no ten?an la menor duda de que sus ideas s?lo pod?an ser puestas en pr?ctica mediante un gobierno dictatorial.
S?lo bajo la influencia de las fuertes corrientes democr?ticas que precedieron la revoluci?n de 1848 comenz? el socialismo a aliarse con las fuerzas de la libertad. Nadie vio esto m?s claramente que Tocqueville.
?La democracia extiende la esfera de la libertad individual? dijo Tocqueville en 1848, ?el socialismo la restringe. La democracia le da todo el valor posible a cada hombre; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un n?mero. La democracia y el socialismo no tienen nada en com?n sino una palabra: igualdad. Pero observen la diferencia: mientras la democracia busca la igualdad en la libertad, el socialismo busca la igualdad en la restricci?n y la servidumbre?.
Para acallar esas sospechas y convertir el poderoso anhelo de libertad en un aliado, el socialismo comenz? a hacer, cada vez m?s, promesas de una ?nueva libertad?. Era la libertad econ?mica sin la que, supuestamente, la libertad pol?tica ?carec?a de significado?. S?lo el socialismo era capaz de hacer culminar la vieja lucha por la libertad humana, en la que la libertad pol?tica no era sino el primer paso. Por supuesto, hubo que cambiar el significado de la palabra ?libertad? para hacer plausible este argumento. Para los creadores del concepto de la libertad pol?tica, ?sta hab?a sido siempre la libertad de la coerci?n, la libertad del poder arbitrario de otros hombres. Pero la ?nueva? libertad era la eliminaci?n de las circunstancias que limitan nuestras opciones. En este sentido, s?lo ven?a a ser un sin?nimo de poder o riqueza.
La promesa era que las disparidades en las opciones de la gente iban a desaparecer. La demanda de la nueva libertad no era sino otro nombre para la vieja demanda de la distribuci?n igualitaria de la riqueza. Esta promesa llev? a muchos liberales por el camino socialista, ceg?ndolos al ineludible conflicto que existe entre socialismo y liberalismo. Enga?ados, abrazaron al socialismo como si fuera el leg?timo heredero de la tradici?n liberal.
Resulta particularmente significativa, y digna de observar, la relaci?n entre fascismo y comunismo, y la facilidad con que se hace el tr?nsito de una ideolog?a a la otra. Es verdad que ambas ideolog?a compitieron en los a?os 30, pero ambas representan la misma ideolog?a colectivista y antiliberal y compitieron por el mismo tipo de mentalidad (3). Sin embargo, ninguna de las dos pod?an convencer a los liberales de viejo tipo. El socialismo democr?tico ha sido la gran utop?a de las ?ltimas generaciones. Es una idea inalcanzable, y luchar por ella provoca efectos tan radicalmente opuestos a los que se persiguen que cuesta trabajo aceptar su necesaria vinculaci?n.

(4) Son muy significativos los elementos fascistas en la ideolog?a multiculturalista de los liberales contempor?neos, con su nihilismo b?sico.




Cap?tulo III
Individualismo y Colectivismo


Es imprescindible tener en cuenta que el socialismo no s?lo significa un objetivo de mayor igualdad y seguridad sino tambi?n un m?todo: la abolici?n de la propiedad privada de los medios de producci?n, y la creaci?n de un sistema de ?econom?a planificada? en la que un organismo de planificaci?n central sustituye a los empresarios que trabajan por una ganancia (5).
Es necesario subrayar que la discusi?n sobre el socialismo no puede limitarse a los fines sino que tambi?n tiene que comprender los medios que hacen falta para conseguir esos fines. Porque el problema es que los m?todos para conseguir una distribuci?n igualitaria siempre son iguales, lo mismo sirvan para beneficiar a una raza superior que a los miembros de una aristocracia.
La discusi?n entre los modernos planificadores y sus oponentes gira en torno a cu?l es la mejor forma de conseguir nuestros objetivos. Lo que se discute es si una utilizaci?n racional de los recursos exige una direcci?n centralizada o si es mejor limitarse a crear las condiciones para que sean los individuos los que puedan planificar de la mejor manera posible.
El pensamiento liberal no es defensor de ning?n status quo. Considera sencillamente que la mejor manera de coordinar los esfuerzos humanos es mediante la competencia. Pero para que la competencia pueda funcionar exitosamente hay que crear un marco legal bien reflexionado. La competencia es el ?nico m?todo mediante el que podemos coordinar nuestras actividades sin la intervenci?n arbitraria de alguna autoridad. Por supuesto, el mantenimiento de la competencia es perfectamente compatible con la prohibici?n de usar substancias t?xicas, la limitaci?n de las horas de trabajo o la exigencia de ciertas condiciones sanitarias. En ese sentido, el ?nico problema es determinar si las ventajas que se consiguen son mayores que los costos sociales que imponen.
Obviamente, el funcionamiento de la competencia requiere, y depende, de condiciones que nunca pueden ser totalmente garantizadas por la empresa privada. La intervenci?n estatal siempre es necesaria pero la planificaci?n y la competencia s?lo pueden combinarse cuando se planifica para la competencia, no en contra de ella.

(5) En el mundo posterior a la Guerra Fr?a, habr?a que redefinir la pol?tica econ?mica colectivista. Fracasados sus dogmastradicionales b?sicos (su desprecio por el mercado, su pasi?n por la estatizaci?n o nacionalizaci?n de las empresas) ahora parece caracterizarse por la enorme cantidad de regulaciones burocr?ticas con que el gobierno central abruma a la empresa privada (que en EEUU incluyen la acci?n afirmativa) as? como por la excesiva carga tributaria necesaria para mantener su inmenso aparato burocr?tico de beneficencia social.



Cap?tulo IV
La ?inevitabilidad? de la planificaci?n


Se habla mucho de que la planificaciones es inevitable. Se dice que los cambios tecnol?gicos han hecho imposible la competencia en toda una serie de campos, y que la ?nica opci?n que nos queda es el control de la producci?n o bien por los monopolios privados o bien por el gobierno. En gran medida, esta tesis se deriva de la doctrina marxista de la ?concentraci?n de la industria?.
La supuesta causa tecnol?gica del crecimiento de los monopolios es la superioridad de la empresa grande sobre la peque?a, debido a la superior eficiencia de los m?todos modernos de producci?n en masa. Sin embargo, la superioridad de la gran empresa no ha sido demostrada nunca. Frecuentemente, los monopolios son producto de otros factores como los acuerdos secretos o una deliberada pol?tica gubernamental. No constituyen ninguna tendencia ?necesaria? del capitalismo. Si as? fuera, hubieran aparecido primero en los pa?ses de capitalismo m?s desarrollado. Pero no fue as?. Los monopolios aparecieron primero en Estados Unidos y Alemania, pa?ses de capitalismo joven. El crecimiento de los monopolios y carteles en Alemania desde 1878, fue una pol?tica deliberada del gobierno alem?n. Fue el primer gran experimento en ?planificaci?n cient?fica? y ?organizaci?n consciente de la industria?. El supuesto ?inevitable? desarrollo del capitalismo en ?capitalismo monopolista? fue simplemente una idea popularizada por te?ricos alemanes, particularmente Sombart. Cuando EEUU sigui? una pol?tica altamente proteccionista a principios del siglo XX, esto pareci? confirmar sus generalizaciones.
La afirmaci?n de que la complejidad de la civilizaci?n industrial moderna hace necesaria la planificaci?n central revela una falta de comprensi?n sobre la verdadera funci?n de la competencia. Lejos de s?lo ser apropiada para condiciones relativamente simples, es la misma complejidad de la divisi?n del trabajo en las condiciones modernas es lo que hace de la competencia el ?nico m?todo eficiente para poder conseguir esa coordinaci?n. Es precisamente cuando los factores a tomar en cuenta son tan numerosos que es imposible conseguir una visi?n de conjunto sobre los mismos, cuando la descentralizaci?n se hace verdaderamente imprescindible.
En efecto, el mercado en un sistema que registra autom?ticamente todos los actos individuales relevantes y permite a los empresarios ajustar sus actividades a las de los dem?s con s?lo observar el comportamiento de unos cuantos precios. Los esfuerzos individuales se coordinan as? mediante un mecanismo impersonal que trasmite la informaci?n relevante.
Una de las razones que explican que haya tantos expertos que apoyen la planificaci?n centralizada estriba en que los ideales t?cnicos que cada uno persigue pudieran ser alcanzados, si s?lo cada uno de ellos pudiera convertirse en el ?nico objetivo ?nico a conseguir. Una de las razones que alimenta la rebeli?n de los especialistas contra el sistema es, precisamente, que sus ideales son inalcanzables. Lo que les resulta dif?cil de comprender a los especialistas es que cada uno de esos objetivos s?lo puede ser alcanzado mediante el sacrificio de los dem?s (6). Lo que agrava la dificultad de la tarea es que hay que balancear lo que nos importa mucho con otros factores en los que estamos mucho menos interesados.
El movimiento a favor de la planificaci?n deriva mucho de su fuerza de reunir a todos los idealistas unidireccionales, a todos los hombres y mujeres dedicados a la persecuci?n de un solo ideal. Pero su devoci?n a la planificaci?n no es el resultado de una amplia visi?n de la sociedad sino, todo lo contrario, de una exagerada valoraci?n de sus estrechos intereses. Probablemente sean los m?s peligrosos para poner al frente de la sociedad porque del idealista unidireccional al fan?tico no suele haber m?s que un paso.

(6) Un caso que viene a la mente es el de los ambientalistas o ?verdes? contempor?neos, cuyos grupos extremistas aspiran a eliminar... ?el crecimiento econ?mico!



Cap?tulo V
Planificaci?n y democracia

El rasgo com?n de todos los sistemas colectivistas es la deliberada organizaci?n de toda la actividad de los individuos en funci?n de un objetivo social definido, rechazando cualquier ?rea donde los intereses individuales sean lo m?s importante. Ahora bien, el bienestar de millones no puede ser medido en una sola escala, depende de muchas cosas que s?lo pueden conseguirse mediante una infinita variedad de combinaciones. Es por eso que ese bienestar de millones no puede ser expresado mediante un objetivo ?nico sino gracias a una gran jerarqu?a de objetivos en las que las necesidades de cada persona ocupan un cierto lugar. Pretender dirigir nuestras actividades mediante un plan ?nico significar?a poder darle a cada una de nuestras necesidades un lugar en un orden de valores entre los que el planificador tendr?a que poder escoger. Pero eso es simplemente imposible. ?C?mo decidir, por ejemplo, d?nde ubicar recursos necesariamente limitados? ?En un nuevo hospital en el campo? ?En una m?quina sofisticada para un centro de investigaci?n? ?En un aumento de salarios a los maestros? Por otra parte, esto tambi?n requerir?a un c?digo ?tico completo porque ser?a la ?nica forma de poder establecer alg?n tipo de priorizaci?n.
Por supuesto, no estamos acostumbrados a pensar en c?digos morales completos. Constantemente estamos escogiendo entre diferentes valores sin que haya un c?digo social que nos se?ale qu? deber?amos escoger. En realidad, el desarrollo de la civilizaci?n ha ido acompa?ado de la progresiva disminuci?n de reglas de conducta fijas para orientar la acci?n. El hombre primitivo rodeaba de un elaborado ritual casi todas sus actividades cotidianas y estaba limitado por una infinidad de tab?es. Ni siquiera hubiera so?ado con hacer las cosas de manera diferente a los dem?s miembros de la tribu. Ha sido el desarrollo de la civilizaci?n, precisamente, el que ha ido disminuyendo el n?mero de esas reglas y haci?ndolas m?s generales.
La filosof?a del individualismo no est? basada en la idea de que el hombre deba ser ego?sta. En lo que est? basada es en la aceptaci?n de la imposibilidad de incluir en nuestra escala de valores algo m?s que un peque?o sector de las necesidades del conjunto de la sociedad. De aqu?, la imposibilidad de un plan social ?nico. Las ?nicas escalas de valores son las parciales, que son diferentes entre un individuo y otro y que frecuentemente son contradictorias. De esto, el liberalismo concluye que, dentro de ciertos l?mites, se le deber?a permitir a los individuos perseguir sus propios valores sin interferencia de los dem?s. Esto no excluye el reconocimiento de la coincidencia de objetivos individuales que hace posible y conveniente la asociaci?n para conseguirlos. Pero esa acci?n conjunta est? limitada a los casos en que esos puntos de vista individuales coinciden.
Es el precio de la democracia que las posibilidades de un control consciente se encuentren restringidas a los campos en donde haya un acuerdo real y que, en otras ?reas, haya que dejar las cosas al azar. La democracia es esencialmente un invento para salvaguardar la paz interna y la libertad individual. No tiene nada de infalible ni de seguro. La planificaci?n y la democracia chocan porque la planificaci?n exige cierta supresi?n de la libertad.



Cap?tulo VI
La planificaci?n y el imperio de la ley


Nada distingue mejor a un pa?s libre de un pa?s bajo un gobierno dictatorial que la observancia del llamado imperio de la ley o estado de derecho (rule of law). Despojado de todo tecnicismo, el imperio de la ley (o estado de derecho) significa que todas las acciones del gobierno est?n limitadas por reglas establecidas y anunciadas previamente, reglas que permiten preveer con certeza la forma en que las autoridades utilizar?n sus poderes de coerci?n y que, de esa forma, permiten planificar la actividad individual.
Toda ley restringe en alguna medida la libertad individual al determinar los medios que pueden utilizarse para conseguir ciertos fines. Sin embargo, bajo el estado de derecho el gobierno no puede frustrar los esfuerzos individuales mediante medidas ad hoc, o espec?ficamente dirigidas a conseguirlo. Bajo el imperio de la ley, el gobierno se limita a fijar las condiciones de utilizaci?n de los recursos disponibles mediante reglas formales que no est?n dirigidas a la soluci?n de ning?n problema en particular. Son, simplemente, los medios establecidos para conseguir los fines individuales. Est?n concebidas para un per?odo de tiempo lo suficientemente largo como para que sea imposible saber por anticipado a quien van a beneficiar. Ayudan a la gente a predecir el comportamiento de aquellos con quienes tienen que colaborar, mas bien que a satisfacer necesidades particulares. Es, para poner un ejemplo, como el sistema de signalizaci?n de las carreteras, establece las reglas pero no le dice a nadie a d?nde ir.
La planificaci?n econ?mica colectivista es justamente lo opuesto. La autoridad planificadora no puede limitarse a proporcionar oportunidades para que personas desconocidas hagan con ellas lo que estimen conveniente. No puede amarrarse a reglas formales que limiten su acci?n. Y esto es as? porque los planificadores tienen que resolver necesidades concretas en la medida en que ?stas vayan apareciendo. Constantemente tienen que resolver problemas que, inevitablemente, dependen de las circunstancias y, al tomar esas decisiones, est?n obligados a balancear unos intereses contra otros. Al final, los puntos de vista de alguien tendr?n que decidir cu?les intereses son los m?s importantes, y esa decisi?n se convertir? en una ley que habr? que imponer por la fuerza, independientemente de cualquier reglamentaci?n anterior y de cualquier ?formalismo? preestablecido. El mercado permite guiarse por leyes generales fijas pero la direcci?n ?consciente?, por el contrario, necesita estarse reorientando constantemente. Por consiguiente, no puede permitir que una reglamentaci?n anterior, cuyos resultados no hab?an sido previstos, venga a estorbar o perjudicar los objetivos que ella misma se ha fijado.
Esta distinci?n entre leyes formales (que establecen las condiciones en que los individuos persiguen sus fines) y leyes sustantivas (en las que el estado trata de conseguir directamente ciertos fines) es muy importante aunque, al mismo tiempo, es dif?cil de precisar en la pr?ctica.
El estado debe limitarse a establecer reglas para situaciones generales y debe permitir plena libertad a los individuos en todo lo que tenga que ver con las condiciones concretas porque s?lo ellos pueden conocer plenamente las circunstancias de cada caso y adaptar sus acciones a las mismas. Si los individuos han de poder hacer planes efectivos, tienen que poder predecir las acciones gubernamentales que puedan afectar esos planes. Y si esas acciones han de ser predecibles, tendr?n que estar determinadas por reglas independientes de las condiciones concretas.
Por el contrario, si es el gobierno el que ha de dirigir las acciones individuales para conseguir sus propios fines, esa direcci?n tendr? que basarse en las cambiantes circunstancias del momento y, por lo tanto, ser? necesariamente impredecible. Mientras m?s planifique el estado, menos podr? planificar el individuo.
Una de dos. Si estado tiene que poder prever los resultados de sus acciones, no podr? dejar ninguna opci?n a los afectado por ellas. Y si queremos dejar opciones a la gente, los resultados de la acci?n gubernamental tendr?n que ser imprevisibles. Las reglas generales, a diferencia de las reglas espec?ficas o sustantivas, tienen que operar en circunstancias que no puedan ser previstas en detalle. Ser imparcial significa no tener respuesta para ciertas preguntas.
La planificaci?n implica elegir entre las necesidades de diferentes personas y permitirle a alguien lo que habr? que prohibirse a otro. Tiene que hacer obligatorio lo que se le permitir?, o no, a las personas. Para hacer posible una direcci?n centralizada de la econom?a es necesario legalizar lo que, a ojos vistas, son acciones arbitrarias. En realidad, esto significa una inversi?n del movimiento hist?rico progresivo ?del status al contrato?, es decir, de ?pocas donde lo ?nico que pod?an hacer las personas era lo que les era permitido por su posici?n social (status) como hab?a sido siempre en la historia de la humanidad hasta la aparici?n del capitalismo, hasta esta otra ?poca donde la actividad de las personas no tiene otra limitaci?n que lo que establezcan los acuerdos entre las partes (contrato) (7).
Cualquier pol?tica dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribuci?n ?m?s justa?, tiene necesariamente que conducir a la destrucci?n del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, ser?a necesario tratarlas de forma diferente. Y ?c?mo podr?a haber entonces leyes generales?
No puede negarse que el imperio de la ley produce desigualdad econ?mica, lo ?nico que puede alegarse es que esa desigualdad no est? concebida para afectar a nadie en particular. Es muy significativo que socialistas (y nazis) siempre hayan protestado contra la justicia ?simplemente? formal, por su deseo de conseguir ciertos resultados sociales a toda costa, y que siempre hayan criticado la independencia de los jueces.
Para que el imperio de la ley sea efectivo es m?s importante que haya una regla que se aplique sin excepci?n, que lo que la misma regla sea. Lo importante en que la regla permita predecir el comportamiento de los dem?s, y esto requiere que se aplique en todos los casos, inclusive en los que nos parezca que es injusta.
El estado de derecho es la encarnaci?n legal de la libertad. Como dijo Voltaire: ?El hombre es libre si s?lo tiene que obedecer las leyes?.
La idea de que no debe haber l?mite para el poder de los legisladores es, en parte, un resultado negativo de la soberan?a popular y el gobierno democr?tico. A veces se piensa que mientras todas las aciones del gobierno est?n debidamente autorizadas por los legisladores, vivimos bajo un estado de derecho. No es as?. El estado de derecho no tiene nada que ver con que las acciones gubernamentales sean legales. Decir que una sociedad no es un estado de derecho no significa que no tenga leyes, lo que significa es que el empleo de la coerci?n por parte del gobierno ya no est? determinado y limitado por reglas preestablecidas.
El conflicto es entre dos tipos de leyes, las leyes bajo un estado de derecho, que le permiten a los individuos prever como va ser utilizado el poder coercitivo del estado, y las leyes bajo una dictadura, que simplemente le dan a las autoridades el poder para hacer lo que estimen conveniente. En uno, el esp?ritu de la legislaci?n es proteger al individuo contra el poder del estado. En el otro, el esp?ritu de la ley es impedir toda limitaci?n a la voluntad de las autoridades. El imperio de la ley no significa que todo est? regulado por la ley sino, por el contrario, que el poder estatal s?lo puede ser usado en los casos definidos por la ley, y de forma tal que pueda preverse c?mo va a ser usado. El estado de derecho implica el reconocimiento de los derechos inalienables de los individuos, el reconocimiento de los derechos del hombre. En un caso ?no hay castigo sin ley?, en el otro,?no hay delito sin castigo?.
(7) Curiosamente, el socialismo representa entonces un movimiento de sentido inverso al desarrollo hist?rico y, por consiguiente, verdaderamente reaccionario. Es interesante, en este sentido, consultar a Popper (La Sociedad Abierta y sus Enemigos).


Cap?tulo VII
Control econ?mico y totalitarismo


La mayor?a de los planificadores tienen pocas dudas de que una econom?a dirigida tienen que ser administrada de manera m?s o menos dictatorial. El consuelo que nos ofrecen es que esa direcci?n s?lo se aplicar?a a problemas econ?micos. Sin embargo, los objetivos de las personas racionales nunca son econ?micos. La motivaci?n econ?mica s?lo significa el deseo de poder alcanzar fines no especificados. Si luchamos por el dinero es porque ?ste nos ofrece el mayor rango de opciones al disfrute del producto de nuestro trabajo.. Debido a que las limitaciones del dinero son las que nos hacen sentir las limitaciones de nuestra relativa pobreza, el dinero viene a simbolizar esas restricciones. Sin embargo, el dinero ha sido el mayor instrumento de libertad que sehaya inventado nunca. El dinero le abre m?s posibiildades a los pobres que las que ten?an los ricos hasta hace poco.
Pensemos lo que significar?a que las recompensas no se entregaran en dinero. Significar?a que uno no podr?a escoger, y que el que diera la recompensa no s?lo determinar?a la magnitud de la misma sino tambi?n la forma en que ?sta habr?a de disfrutarse. Siempre que podamos disponer libremente de nuestros ingresos y de nuestras posesiones, la p?rdida econ?mica siempre nos privar? de lo que consideramos menos importante. Una p?rdida econ?mica es una cuyos efectos podemos hacer recaer sobre las menos importantes de nuestras necesidades, y lo mismo con la ganancia. Los cambios econ?micos s?lo nos afectan marginalmente.
Lo valores econ?micos son menos importantes para nosotros que muchas otras cosas precisamente porque somos libres de decidir lo que, para nosotros, es m?s o menos importante. La cuesti?n que plantea la planificaci?n econ?mica es si somos nosotros los que debemos decidir lo que es m?s o menos importante o sin son las autoridades planificadoras. Una autoridad planificadora controlar?a la utilizaci?n de los recursos limitados para la satisfacci?n de todos nuestros objetivos.
No s?lo la planificaci?n tendr?a que ver con nuesta capacidad como consumidores sino tambi?n con nuestra capacidad como
productores. Tendr?amos que ajustarnos los est?ndares que la autoridad planificadora fijara para poder simplificar su tarea. Y para simplificar su tarea tendr?a que reducir la diversidad de las capacidades individuales a unas a una pocas categor?as de unidades intercambiables, y descartar deliberadamente las diferencias personales menores.
Puede ser que el objetivo de la planificaci?n sea que el hombre deje de ser un medio. Pero, en la pr?ctica -puesto que el plan no puede tener en cuenta las preferencias y las repulsiones individuales- el individuo se convierte m?s que nunca en un medio a ser utilizado por las autoridades al servicio de esa abstracci?n que es ?el bien de la comunidad?.
Hay gente que critica que en una sociedad competitiva casi todo puede ser conseguido por cierto precio. Eso parecer muy espiritual y muy moralista, pero lo que realmente quiere decir es que no deber?amos poder sacrificar necesidades menores para salvarguardar nuestros objetivos m?s importantes, y que alguien deber?a hacer esas decisiones por nosotros. Porque o el precio de la satisfacci?n de las necesidades est? establecido por el mecanismo impersonal del mercado, o est? establecido por alguna autoridad. No podemos olvidar que todos nuestros objetivos compiten por los mismos medios.
No es nada sorprendente que la gente quisiera ser aliviada de las duras opciones que los hechos nos imponen. Y tampoco es extra?o que est?n dispuestos a creer que esas opciones no son realmente necesarias sino que les son impuestas por un cierto sistema econ?mico. En realidad, lamentan que haya un problema econ?mico.
La creencia de que no hay realmente un problema econ?mico es confirmada por la ch?chara absolutamente irresponsable sobre la ?riqueza potencial?, y sobre ?la escasez en medio de la abundancia? (8). La realidad es que nadie, nunca, ni en Estados Unidos ni en Europa Occidental, ha podido producir ning?n plan para elevar la producci?n lo suficiente como para poder eliminar la pobreza. No hablemos ya del resto del mundo.

(8) En Cuba nos hemos criado oyendo esa ch?chara irresponsable de que ?ramos un pa?s rico, cuyo sentido ideol?gico ahora vemos claro. ?Por qu? entonces ?ramos pobres? ?Porque nos robaban!, respond?a la demagogia imperante, porque nos robaban los gobiernos corrompidos, porque nos robaban los imperialistas yanquis (que exportaban las ganancias) y porque nos robaban los capitalistas cubanos con su consumo suntuario. Se deduc?a, impl?citamente, que la f?rmula para conseguir la riqueza era extremadamente sencilla: aliminar a los ladrones.
Despu?s hemos o?do repetir que ?tambi?n Angola y Zaire son ?ricos? porque tienen petr?leo, uranio y otras materias primas! Ese tipo de razonamiento sof?stico apunta a culpabilizar de la pobreza precisamente a las inversiones que est?n luchando por superarla. Su objetivo es desprestigiar a los capitalistas para luego poder ocupar su lugar, con las desastrosas consecuencias que conocemos.
La diferencia entre el ?potencial? y la realidad es enorme. Cualquier muchacho ?gil y fuerte es, potencialmente, un jugador de Grandes Ligas... Pero, para pa?ses completos, realizar sus potencialidades es todav?a infinitamente m?s dif?cil. El principal capital de un pa?s lo constituye su pueblo, su nivel de educaci?n, de instrucci?n, de esp?ritu de sacrifio y de h?bitos de trabajo y ahorro. Y, en segundo lugar, la organizaci?n social que ese pueblo adopte para poder maximizar la energ?a creadora de sus ciudadanos. No sus materias primas, como lo saben muy bien los japoneses.


Cap?tulo VIII
?Qui?n? ?A qui?n?


Fue Lenin el que plante? en los primeros tiempos del poder sovi?tico, que el problema fundamental era qui?n iba a dirigir a qui?n. En cuanto el estado se hace cargo de la tarea de planificar toda la vida social, el ?nico poder que merece la pena tener es el de ejercer ese poder de direcci?n. Cuando se trata de planificar toda una sociedad uno se encuentra con que ?sta se halla compuesta por una multitud de grupos que compiten por la asignaci?n de recursos limitados. ?Qu? recursos se van a asignar a qu? problemas? Pronto se hace evidente la necesidad de crear un punto de vista com?n.
Los socialistas siempre han pensado resolver este problema mediante la educaci?n. Ha sido por esto que los socialistas se han preocupado tanto por la creaci?n de instrumentos de adoctrinamiento. Fueron los socialistas los primeros en concebir la idea de un partido pol?tico que abarcara todas las actividades del individuo desde la cuna hasta la tumba, y que pretendiera orientar sus ideas en relaci?n a todas las cosas. Fueron los los socialistas, no los fascistas, los que organizaron los primeros movimientos pol?ticos de ni?os y de j?venes. Fueron los socialistas los primeros en insistir en que sus miembros deb?an distinguirse por la forma de saludar. Y fueron ellos los que organizaron las primeras ?c?lulas?.
La opci?n que tenemos es entre un sistema en que cada quien conseguir? lo que merece seg?n cierto criterio universal y absoluto, y otro sistema donde eso estar? determinado en gran medida por el azar. Pero es tambi?n la opci?n entre un sistema donde la voluntad de unas cuantas personas es lo que decide y otro donde, al menos parcialmente, depender? de la habilidad y esp?ritu de empresa de la gente. Por supuesto, se puede argumentar a favor de reducir las diferencias de oportunidad entre las personas siempre que sea posible hacerlo sin destruir el car?cter impersonal del proceso.


Cap?tulo IX
Seguridad y libertad


Frecuentemente se representa la seguridad econ?mica como una condici?n indispensable para la verdadera libertad. Por supuesto, hay algo de verdad en eso. Sin embargo, habr?a que contrastar dos tipos de seguridad: la limitada y la ilimitada. La limitada trata de garantizar una protecci?n m?nima contra circunstancias adversas e imprevisibles. Es bueno y conveniente organizar un sistema de seguridad social as? como tratar de combatir las fluctuaciones de la actividad econ?mica.
Pero tratar de garantizar contra las disminuciones de los ingresos que constituyen las durezas impl?citas en el mismo sistema competitivo, tiene que conducir a una planificaci?n que afecta la libertad individual. Esta seguridad es una variante de la ?renumeraci?n justa? del medioevo que buscaba un acuerdo no con los requerimientos del mercado sino con los m?ritos subjetivos (9).
En un sistema donde sea libre la distribuci?n de las personas en las distintas ocupaciones, es necesario que la renumeraci?n corresponda a su utilidad a los dem?s miemmbros de la sociedad, aunque ?sta no tenga relaci?n con los m?ritos subjetivos. Pero lo que no se puede hacer es garantizarle a la gente sus ingresos y protegerlos contras las viscicitudes del mercado. Si no es el mercado el que determina, entonces tendr?a que ser un grupo de personas los que determinaran la ?utilidad? de la gente. ?Y c?mo podr?a medirse ?sta entonces objetivamente?
Habr?a que buscar limitaci?n de producci?n para poder garantizar precios artificialmetne altos aunque esto redujera las oportunidades de otras personas. Y esos otros no podr?an participar en la prosperidad de las industrias controladas. Toda restricci?n de la libertad de entrar en un comercio reduce la seguridad de los que est?n fuera del ?rea protegida. Mientras mejor est?n los asegurados, mayor ser? la demanda de esa seguridad. Y, en la medida en que el n?mero de los protegidos vaya aumentando, se ir? desarrollando todo un nuevo sistema de valores sociales. Se desalentar? toda actividad que implique riesgo y se censurar?n las ganancias que justifican tomar esos riesgos. No ser?a la independencia sino la seguridad lo que dar?a status social, y el prestigio no estar?a determinado por el ?mpetu empresarial sino por la certidumbre de una pensi?n.
Fue la extensi?n de los m?todos de la guerra a otras esferas de la vida civil despu?s de la I Guerra Mundial (aunque los primeros intentos se retrotraen a Bismarck), lo que le di? su car?cter peculiar a la estructura social de Alemania. Hay que volver a aprender que libertad exige un precio, y que hay que estar dispuesto a sacrificios materiales para preservarla. Como dijo Benjam?n Franklin, ?Los que est?n dispuestos a renunciar a la libertad para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni la libertad ni la seguridad?.

(9) La concepci?n del ?precio justo? era defendida encarnizadamente por los gremios medievales. Fue una de las t?picas trabas al desarrollo de las fuerzas productivas que caracterizaba a la sociedad feudal. La libertad de contrataci?n reside precisamente en dejar que el salario, como los dem?s factores de la producci?n, sea establecido por la oferta y la demanda. Aunque, en cierta medida, los sindicatos pueden imponer la violaci?n de este principio esto siempre tiene tendencias perversas sobre la econom?a. A la Iglesia le ha costado mucho trabajo desembarazarse de ese concepto arcaico. S?lo muy recientemente ha venido a reconciliarse con algunas de las caracter?sticas del capitalismo.


Cap?tulo X
Por qu? suben los peores


Algunos piensan que los peores rasgos del socialismo se deben a simples accidentes hist?ricos, a que fueran individuos de baja catadura moral los que organizaron el sistema (10). Pero hay razones para creer que estos rasgos no son accidentales sino que fen?menos que un sistema totalitario tiene que producir tarde o temprano. Al igual que un estadista que quiera planificar se ver? confrontado con la necesidad de adquirir poderes dictatoriales o renunciar a sus planes, el dictador totalitario tendr? que optar entre la renuncia a los valores morales ordinarios o el fracaso. Es por esta raz?n que en una sociedad que tienda al totalitarismo tendr?n m?s ?xito los inescrupulosos. Quien no comprenda esto, no comprender? el abismo que separa al totalitarismo del r?gimen liberal, la diferencia de atm?sfera moral entre el colecitivismo y el car?cter esencialmente individualista de la civiliaci?n occidental.
En momentos de confusi?n, muchas veces se experimenta fatiga con los procedimientos de la democracia, con el car?cter lento e intermitente de un progreso que tiene que conseguirse sobre la base de m?ltiples transaciones entre diferentes contradictorios. Es en esos momentos cuando se experimenta la necesidad de una direcci?n fuerte, que arrastre y que consiga resultados.
Lo normal en una democracia e, inclusive, dentro de los mismos partidos, es la diversidad de opiniones. Esto es perfectamente normal. Mientras m?s alto el nivel de educaci?n y cultura, m?s tienden a diferenciarse las opiniones. Es por esto, precisamente, que en una democracia cualquier grupo puede ganar una fuerza desproporcionada en relaci?n con el n?mero de sus militantes gracias al apoyo total de sus seguidores. En una democracia esto es casi imposible de conseguir y sus dirigentes tampoco lo pretenden. Pero el que consiga esto habr? dado un paso importante en el camino hacia la captura del poder, desde donde podr?, a su vez, extender el imperio de su voluntad a todo el pa?s.
Hist?ricamente, ha habido momentos en que todos los partidos democr?ticos (burgueses) han enfrentado grandes emergencias nacionales que han debilitado las instituciones y en los que la desmoralizaci?n y la desesperaci?n llevan a las masas a pedir cambios a toda costa. En esos momentos, la existencia de un grupo que tenga una visi?n universal y que parezca tener respuesta para todos los problemas, puede convertirse en una fuerza pol?tica decisiva. En este momento, lo que hace falta para capturar el poder es una organizaci?n pol?tica con un apoyo particularmente firme. Apoyo que no sea tanto el de los votos de una masa, con el apoyo sin reservas de un grupo m?s peque?o pero mejor organizado.
Originalmente, el esp?ritu democratista de los partidos socialistas de Europa esperaba a que una mayor?a estuviera de acuerdo en su plan para reorganizar el conjunto de la sociedad. Pero algunos comenzaron a sospechar que en una sociedad
planificada, lo importante no era en qu? estaba de acuerdo la mayor?a del pueblo, sino cu?l era el mayor grupo que estuviera lo suficientemente de acuerdo para hacer posible una direcci?n centralizada, total, efectiva o, si ese grupo no existiera, c?mo podr?a crearse.
Pero ?qu? puntos de vista morales tender? a producir una organizaci?n colectivista de la sociedad? ?Cu?les ser?n las cualidades m?s a prop?sito para llevar a los individuos al ?xito en un sistema totalitario?
Hay varias razones por las que la tendencia ser? a que esos grupos no est?n formados por los mejores sino por los peores elementos de la sociedad. En primer lugar, mientras mayor sea la educaci?n y la inteligencia de la gente, m?s diferenciados ser?n sus gustos y sus puntos de vista, y menos probable que puedan estar de acuerdo en una gama muy amplia de valores.
Por el contrario, para encontrar esa unanimidad, hay que descender a los niveles m?s bajos, donde prevalecen los gustos e instintos m?s primitivos. El mayor n?mero de personas con valores muy similares ser? el grupo de los niveles m?s bajos. Lo que une al grupo es el m?nimo com?n denominador. Los miembros del partido totalitario ser?n los que menos convicciones tengan, los m?s cr?dulos, los m?s dispuestos a aceptar un sistema de valores preestablecidos con tal de que se le repita con la suficiente frecuencia.
Y en tercer lugar, parece ser una ley de la naturaleza humana que es m?s f?cil ppara la gente estar de acuerdo en un programa negativo que en uno positivo. El contraste entre ellos y nosotros, la lucha entre los de adentro y los de afuera, parece ser un ingrediente indispensable en cualquier credo que quiera unir s?lidamente a un cierto grupo.
En realidad, es cuestionable si puede concebirse un programa colectivista que no est? al servicio de alg?n tipo de particularismo, de naci?n, raza o clase. No es practicable la idea de una comunidad de objetivos e intereses que abarque a todos los hombres. La coherencia de ese programa le exigir?a una proyecci?n internacional francamente filantr?pica. El colectivismo no tiene espacio para el amplio humanitarismo del liberalismo. Los socialistas, por ejemplo, empezando por Marx y Engels, siempre menospreciaron a las peque?as nacionalidades.
Por otra parte, si la comunidad es anterior al individuo y si sus fines son independientes y superiores a los de los individuos, entonces s?lo los individuos que trabajen para esos mismos fines comunitarios podr?n ser considerados como miembros de la comunidad. Su valor se derivar? de esta membrec?a y no de su calidad de ser humano.
En realidad, entre los factores que tienden al colectivismo est? ese sentimiento de inferioridad que impulsa al individuo a identificarse con un grupo y, por lo tanto, ese sentimiento s?lo ser? satisfecho si la membrec?a en ese grupo le da alguna superioridad sobre los que no forman parte del mismo.
Como dec?a Reinhold Niebuhr: ?Existe una creciente tendencia entre los hombres modernos de imaginarse a s? mismo ?ticos porque han delegado sus vicios en grupos cada m?s grandes?. Actuar a nombre de un grupo parece liberar a la gente de las restricciones morales que controlan su cmportamiento como individuos.
Mientras que los grandes fil?sofos sociales del individualismo dentro de la gran tradici?n liberal han considerado siempre al poder como un peligro para la libertad del hombre, los colectivistas lo han considerado como un bien en si mismo. Esto se deriva de su deseo de organizar a la sociedad de acuerdo a un plan unitario. Para poder conseguir una reorganizaci?n radical de la sociedad, los colectivistas necesita disponer de un poder sin precedentes. En contraste, el vilipendiado poder econ?mico nunca llega a a ser un poder sobre toda la vida de la persona.
De la necesidad de un sistema de objetivos com?nmente aceptado, y del deseo de darle el m?ximo de poder a un grupo para conseguir esos objetivos, se desprende un sistema de valores que excluye una moral universal, v?lida para todas las circunstancias. Es algo similar al caso del imperio de la ley. Las reglas de la ?tica individual, aunque imprecisas, son absolutas y prohiben cierto tipos de acciones, independientemente de que las intenciones sean buenas o malas. Estafar, torturar, traicionar la confianza son malas acciones independientemente del objetivo que sirvan. Aunque a veces tengamos que escoger entre distintos males, siempre los consideraremos como males.
El fin justicia los medios es un principio que, en la ?tica individualista, significa la negaci?n de la moral pero que en la ?tica colectivista representa la ley suprema. El principio de la raison d?etat en las relaciones entre los pa?ses, es aplicado por el estado colectivista a las relaciones entre los individuos.
Eso no significa, por supuesto, que la ?tica colectivista no considere conveniente cultivar ciertos h?bitos ?tiles. Todo lo contrario. Se tomar? mayor inter?s en los h?bitos individuales que los comunidad individualista. Para ser un miembro ?til de una comunidad colectivsta hacen falta ?h?bitos ?tiles? que hay que fortelecer con una pr?ctica constante. Sirven para llenar el vac?o entre las ?rdenes aunque nunca para justificar un desacuerdo con la autoridad.
A los buenos alemanes se les ten?a por ser industriosos, disciplinados, conscientes, responsables, ordenados, con sentido del deber, con respeto por la autoridad y disposici?n para el sacrificio. Eran un excelente instrumento para ejecutar ?rdenes. Pero de lo que el ?alem?n t?pico? carec?a es de las virtudes individualistas de la tolerancia, de la independencia de pensamiento y de la disposici?n a defender las convicciones propias, de la consideraci?n por los d?biles y de una cierta avers?on por el poder que s?lo una vieja tradici?n de libertad personal ayuda a crear. Tambien es deficiente es cualidades menores pero importantes como bondad, sentido del humor, modestia, respeto por la privacidad y creencia en las buenas intenciones de los dem?s. Estas son virtudes que facilitan los contactos sociales y que no s?lo hace superfluo el control externo sino que lo dificultan. Son virtudes que han florecido siempre en una sociedad individualista o comercial, y que son raras en la sociedad colectivistas o de tipo militar.
Una vez que se admite que el individuo es s?lo un medio para servir los fines de una entidad superior, llamada estado o naci?n, la mayor parte de las caracter?sticas de una sociedad totalitaria se derivan con inflexible necesidad. La intolerancia, la represi?n de la disidencia y el menosprecio por la vida y la felicidad del individuo, son consecuencias fatales e inevitables de esa premisa. El colectivista prooclamar? la superioridad de un sistema sobre otro que permite que los intereses ?egoistas? estorben la realizaci?n de los fines de comunidad.
Pero aunque la masa de los ciudadanos puede mostrar una devoci?n altruista, no se puede decir lo mismo de los que dirigen ese proceso. Para ser ?til en la direcci?n de un estado totalitario, no basta con que el individuo tenga que estar preparado para justificar cualquier acci?n canallesca, ?l mismo tiene que estar dispuesto a quebrantar toda regla moral para poder alcanzar los fines que se le han asignado. Tiene que estar absolutamente comprometido con la persona del l?der pero, despu?s de ese principio vital, tiene que ser un hombre literalmente capaz de todo. En una sociedad totalitaria, las posiciones en las que hay que deliberadamente enga?ar, intimidar y ser cruel son numerosas.
Evidentemente, es muy probable que esas posiciones sean ejercidas por individuos naturalmente afines a las mismas. El ?nico gusto personal que el funcionario de un sistema totalitario pued satisfacer plenamente es el de ser obedecido, y el de formar parte de una aparato enormemente poderoso al que todo el mundo tiene que obedecer.

(10) As? se oye hablar con demasiada frecuencia de los antecedentes gangsteriles de Fidel Castro.


Cap?tulo XI
El fin de la verdad


Por supuesto, la manera m?s efectiva de hacer que todo el mundo sirva los fines de un plan social es que todo el mundo crea en esos fines. Para conseguir que un sistema totalitario funcione efectivamente no basta con que todo el mundo se vea obligado a trabajar por esos fines, es necesario que la gente haga suyos esos fines. En general, el control de todos los medios de comunicaci?n le permite a un gobierno totalitario influir en gran medida sobre la gente.
Si el objetivo de la propaganda totalitaria s?lo fuera instruir a la gente en otro c?digo moral, el problema se limitar?a a si ese c?digo es bueno o es malo. Pero esa propaganda tiene un influencia negativa aun m?s profunda, es destructiva porque socava el fundamento de toda moral: el sentido y el respeto por la verdad
La propaganda totalitaria no puede limitarse a pincipios abastractos. Tiene que llevar a la gente a creer no s?lo en los fines sino tambi?n en los medios. La autoridad no s?lo tendr? que estar tomando decisiones constantemente sobre temas sobre los que no hay reglas morales definidas, sino que tambi?n tendr? que justificar sus decisiones ante la gente. Tendr? que racionalizar los gustos y las aversiones que, a falta de otros criterios, tienen que guiar a los planificadores. Y tendr? que plantear esas ?razones? de la manera m?s atractiva posible, vi?ndose obligada a construir teor?as que luego se convierten en parte integral de la doctrina.
El proceso de creaci?n de un ?mito? para justificar sus acciones no tiene que ser consciente. El l?der totalitario puede simplemente estar guiado por una aversi?n instintiva por el estado de cosas que ha encontrado y por un deseo de crear un nuevo orden jer?rquiico que se adapte mejor a su concepci?n del m?rito. De esa forma, abrazar? teor?as que parezcan proporcionarle una justificaci?n racional para lo que, en realidad, son simplemente los prejuicios que comparte con muuchos de sus asociados. Es de esa forma que una teor?a pseudo cient?fica se convierte en parte del credo oficial que, en mayor o menor medida, dirige las acciones de todos.
La necesidad de semejantes doctrinas oficiales como instrumento de direci?n y de unificaci?n han sido previstas por varios te?ricos del sistema totalitario, empezando por las ?nobles mentiras? de Plat?n. Son puntos de vistas particulares sobre los hechos que se elaboran como teor?as pseudocient?ficas para poder justificar opiniones preconcebidas.
La mejor manera de hacer que la gente acepte la validez de los valores que van a tener que servir es convenci?ndola de que son los mismos valores que ellos mismos hab?an apoyado siempre pero que no hab?an sabio comprender o reconocer antes. Se logra que la gente transfiera su lealtad de los viejos dioses a los nuevos con el pretexto de que los nuevos son realmente los que su sano instinto les hab?a dicho siempre, aunque antes s?lo lo hab?an percibido a medias. Y la manera m?s eficiente de conseguir esta nueva lealtad es usando las viejas palabras pero cambiando su significado. Pocos rasgos de los reg?menes totalitarios son, al mismo tiempo, tan confusos para el observador superficial y tan caracter?sticos del clima intelectual que impera en ellos como la completa perversi?ndel lenguaje, el cambio de significado de las palabras.
Por supuesto, la principal v?ctima en este sentido es la palabra ?libertad?. Dondequiera que se ha destruido la libertad, se ha hecho a nombre de alguna nueva libertad prometida. Lo mismo sucede con ?justicia?, ?ley?, ?derecho? e ?igualdad?, entre muchas otras. Gradualmente, en lo que este proceso se desarrolla, todo el lenguaje va perdiendo su sentido y las palabras se convierten en cascarones huecos desprovistas de significado preciso, y tan capaces de describir un fen?menos como su opuesto.
Por supuesto, no es dif?cil despojar a la mayor?a de un pensamiento independiente. Pero siempre existir? una minor?a que retendr? una inclinaci?n a criticar y que tendr? que ser silenciada. Hemos visto por qu? la coerci?n no puede limitarse a una aceptaci?n pasiva del nuevo c?digo ?tico. Y puesto que muchos elementos de ese c?digo no podr?n ser expl?citamente formulados ya que s?lo existir?n impl?citamente en las medidas del gobierno, esas medidas mismas tendr?n que estar exentas de toda cr?tica. Si la gente tiene que apoya el esfuerzo com?n sin vacilaciones, tiene que estar convencida no s?lo del fin a perseguir sino tambi?n de que los medios son los mejores posibles. Por consiguiente, el credo oficial, cuyo acatamiento tiene que ser impuesto, comprender? tambi?n la interpretaci?n de los hechos sobre los que se basa el plan. La cr?tica tendr? que ser suprimida porque debilitar? el apoyo popular.
Como dec?an los Webbs hablando sobre la posici?n de cada empresa sovi?tica: ?Mientras se este desarrollando el trabajo, cualquier expresi?n p?blica de duda, o incluso de que el plan no vaya a tener ?xito, es un acto de deslealtad e inclusive de traici?n debido a sus posibles efectos sobre la voluntad y los esfurzos del resto del personal?. Y, por supuesto, cuando esas dudas se refieren al conjunto del plan social, tendr?n que ser tratadas como sabotaje.
Todo el aparato de divulgaci?n del conocimiento ser? utilizado exclusivamente para difundir los puntos de vista que, verdaderos o falsos, fortalezcan la creencia en la justeza de las decisiones del gobierno; y cualquier informaci?n que puede arrojar dudas o vacilaciones ser? suprimida. El probable efecto sobre la lealtad popular se convierte as? en el ?nico criterio para decidir si una informaci?n cualquiera ser? publicada o suprimida. Por consiguiente, no hay ning?n campo a donde no se extienda el control sistem?tico de la informaci?n, y donde no se impongan puntos de vista uniformes.
El esp?ritu del totalitarismo condena cualquer actividad que no tenga un prop?sito bien definido. Toda actividad tiene que derivar su justificaci?n de un prop?sito social deliberado. No puede haber ninguna actividad espont?nea puesto que pudiera generar consecuencias imprevistas para el plan. Semejantes aberraciones son producto del deseo de verlo todo dirigido por ?una concepci?n unitaria?, de la creencia de que el conocimiento y las creencias de todo un pueblo no son m?s que instrumentos al servicio de un objetivo ?nico. La misma palabra ?verdad? pierde su sentido original, se convierte en lo que decida el gobierno, en algo que tiene que creerse en inter?s de determinados objetivos, y que podr? que ser alterado si ese objetivo lo exige. Esto genera un clima intelectual de absoluto cinismo en relaci?n con la verdad, la p?rdida del sentido e, inclusive, del significado de la verdad, la desaparici?n del esp?ritu de investigaci?n independiente y de la fe en el poder de la raz?n (11).
La propaganda totalitaria afirma que en las sociedades de libre mercado no hay verdadera libertad porque las opiniones y los gustos de las masas son influidos por la propagada, por los anuncios, por el ejemplo de las clases acomodadas y por otros factores ambientales. De ello deducen que las ideas y los gustos de las masas siempre son producto de circunstancias que pueden ser controladas, y que debemos utilizar ese poder deliberadamente para encauzar los pensamientos de la gente hacia lo que considermaos la direcci?n correcta.
Probablemente sea cierto que, en cualquier sociedad, la libertad de pensamiento s?lo sea directamente importante para una peque?a minor?a. Pero esto no significa que nadie sea competente, o deba de tener el poder para seleccionar qui?nes son los que van a ser libres. Y ciertamente no justifica la presunci?n de ning?n grupo de tener el derecho de determinar lo que la gente deba pensar o de creer. El principal factor del progreso intelectual no es que tod mundo pueda pensar o escribir sino que cualquier causa o cualquier idea pueda ser defendida por alguien. Mientra no se suprima la disidencia, siempre habr? alguien que cuestione las ideas dominantes entre sus contempr?neos y someta otras nuevas a la prueba de la discusi?n y de la cr?tica.
Lo que constituye la vida del pensamiento es la interacci?n entre diversos individuos con conocimientos y puntos de vista diferentes. El desarrollo de la raz?n es un proceso social basado en la existencia de esas diferencias. Est? en su misma esencia que sus resultados no puedan ser pronosticados, que no podamos saber cu?les ideas ayudar?n a este progreso y cu?les no. El desarrollo no puede ser gobernado por los puntos de vista que tenemos actualmente sin que, al mismo tiempo, lo estemos limitando. ?Planificar? u organizar? el desarrollo del conocimiento es una contradici?n de t?rminos. Pensar que la mente humana puede controlar su propio desarrollo es confundir la raz?n individual, (la ?nica que puede ?controlar conscientemente? algo) con esos procesos impersonales que generan su desarrollo. Al intentar controlar ese desarrollo, simplemente lo estamos limitando. Tarde o temprano, esto conducir? al estancamento del pensamiento y a la decadencia de la raz?n.
La tragedia del pensamiento colectivista es que, aunque empieza erigiendo a la raz?n en la fuerza suprema, termina destruy?ndola porque malinterpreta los procesos de los que depende su desarrollo. El individualismo, por el contrario, representa una actitud de modestia ante este gran proceso social, y de tolerancia por las opiniones de los dem?s. El exacto opuesto del pesamiento colectivista.

(11) El criterio de verdad objetiva se encuentra bajo un terrible ataque en los medios intelectuales de Estados Unidos. Para los te?ricos del postmodernismo la ?verdad? es totalmente relativa al grupo en que uno se encuentre. Este relativismo cultural, cuyo objetivo b?sico es desvalorizar la civilizaci?n occidental y su sistema de valores, es otra de las premisas ideol?gicas del fascismo que circulan ampliamente entre los modernos ?progresistas? norteamericanos.


Cap?tulo XII
Las ra?ces sociales del nazismo


Es un error considerar al Nacional Socialismo simplemente como un movimiento irracional sin antecedentes ideol?gicos. Por el contrario, el Nacional Socialsmo culmina una larga evoluci?n del pensamiento, en el que no s?lo pensadores alemanes tomaron parte. Thomas Carlyle y Houston Chamberlain, Auguste Comte y George Sore forman tanta parte de este desarrollo como los mismos pensadores alemanes. No se puede, sin embargo, exagerar la importancia de estas ideas antes de 1914.
Hay que decir que el apoyo que recibieron estas ideas no se debi? simplemente al auge del nacionalismo en la Alemania derrotada. Mucho menos, en una supuesta reacci?n capitalista ante el avance del socialismo. Por el contrario, el apoyo que llev? estas ideas al poder vino, precisamente, de las filas socialistas. Durante la generaci?n anterior a la ?ltima guerra, no hubo realmente oposicion al elemento socialista dentro el marxismo sino a los elementos liberales de su doctrina, como su internacionalismo y su democratismo. Cuando se comprendi? que esos elementos eran obst?culos a la realizaci?n del socialismo, los socialistas de la izquierda se fueron aproximando cada vez m?as a los de la derecha. Fue la uni?n de las fuerzas anticapitalistas de la derecha y de la izquierda, la fusi?n del socialismo radical y del socialismo conservador (12) lo que barri? con todo lo que en Alemania hab?a deliberal.
La relaci?n entre socialismo y nacionalismo en Alemania fue estrecha desde el principio. Los principales antecesores del Nacional Socialismo -Fichte, Rodbertus y Lasalle- fueron al mismo tiempo los reconocidos padres del socialismo. Mientras el socialismo marxista dirigi? el movimiento obrero, los elementos nacionalistas y autoritarios permanecieron en segundo lugar. Pero estaban impl?citos en el movimiento. Habr?a que recordar que en 1892 uno de los principales l?deres del movimento obrero alem?n, August Bebel, le dijo a Bismarck que ?el Canciller Imperial puede estar seguro de que la Social Democracia alemana es una especie de escuela preparatorio para el militarismo?.
De 1914 en lo adelante comenzaron a surgir un maestro tras otro orientando a los trabajadores y a los j?venes idealistas hacia al Nacional Socialismo. Pero no surgieron de las filas de los conservadores y los reaccionarios sino de las filas socialstas. Fue s?lo posteriormente que el r?pido crecimiento de la marea nacionalista se transform? en la doctrina hitleriana. Quizas si e intelectual m?s representantivo de este per?odo sea Werner Sombart,cuyo famoso ?Mercaderes y H?roes?, apareci? publicado en 1915. Sombart hab?a sido un socialista marxista y todav?a en 1909 afirmaba con orgullo haber pasado la mayor parte de su vida luchando por las ideas de Marx. Hizo mucho por difundir el resentimiento anticapitalista en Alemania. Si el pensamiento alem?n se vio permeado de elementos mmarxistas estos se debe, en gran medida, a la labor de Sombart. Este era percibido como el principal representante de una intelectualidad socialista perseguida, incapaz, de alcanzar una c?tedra universitaria debido a sus ideas.
En ?Mercaderes y H?roes?, Sombart le daba la bienvenida a la ?guerra alemana? como un conlficto inevitable entre la civilizaci?n comercial de Inglaterra y la heroica cultura alemana. Su desprecio por los los puntos de vista ?comerciales? del pueblo ingl?s no ten?a l?mites. Las ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad de 1789, eran, seg?n Sombart, ideales comerciales cuyo ?nico objetivo era asegurar ciertas ventajas a ciertos individuos. Considerar la guerra como una actividad inhumana y sin sentido era un producto de puntos de vista comerciales. Para Sombart, la guerra era la culminaci?n de una visi?n heroica de la vida, y la guerra contra Inglaterra era la guerra contra el ideal comercial de la libertad y el comfort individuales.
Otro te?rico que tuvo gran importancia durante ese per?odo, fu Johann Plenge. Uno de sus libros m?s importantes durante la guerra se titulaba ?1789 y 1914? y estaba dedicado al conflicto entre ?las ideas de 1789,el ideal de la libertad, y ?las ideas de 1914?, el ideal de la organizaci?n. Para Plenge la organizaci?n era la esencia misma del socialismo. Exactamente lo mismo puede decirse de todos los socialistas que derivan su socialismo de una cruda aplicaci?n de los criterios cient?ficos a los problemas de la sociedad.
Seg?n Plenge la econom?a de guerra creada en Alemania en 1914 ?es la primera realizaci?n de una sociedad socialista... y su esp?ritu la primera aparici?n del esp?ritu socialista. Las necesidades de la guerra han establecido la idea socialista en la vida econ?mica de Alemania y, por consiguiente, la defensa de nuestra naci?n ha producido para la humanidad la idea de 1914, la idea de la organizaci?n alemana... El estado y la vida econ?mica forman una nueva unidad... El sentimiento de responsabilidad econ?mica que caracteriza al trabajo del empleado p?blico se extiende a toda la actividad privada?.
Al principio Plenge todav?a esperaba reconciliar el ideal de libertad con el ideal de organizaci?n, aunque fundamentalmente
mediante la completa pero voluntaria sumisi?n del individuo al colectivo, pero pronto esas trazas de liberalismo desaparecieron de sus escritos. Para 1918, ya hab?a establecido la necesidad de unir el socialismo con una cruda pol?tica de poder. ?EEs hora de recnocer?, dec?a, ?el hecho de que el socialismo ha de ser pol?tica de poder, si ha de ser pol?tica de organizaci?n?.
Y sigue Plenge: ?Desde el punto de vista del socialismo, que es organizaci?n, ?acaso no es el derecho absoluto a la
autodeterminaci?n de la gente el derecho a la anarqu?a econ?mica individualista? ?Estamos dispuestos a concederle completa autodeterminaci?n al individuo en la vida econ?mica? El socialismo consecuente s?lo puede darle a la gente los derechos que est?n acordes con la correlaci?n de fuerzas hist?ricamente determinadas?.
Los ideales de los que Plenge fue portavoz eran particularmente populares, y quiz?s inclusive se derivaban, de ciertos c?rculos de cient?ficos e ingenieros alemanes que clamaban por la organizaci?n central planificada de todos los aspectos de la vida - como lo hacen ahora en Inglaterra y Estados Unidos.
Las ideas de Plenge fueron desarrolladas y difundidas, aun m?s, por un parlamentario socialdem?crata, Paul Lensch, que dec?a en su libro Tres A?os de Revoluci?n Mundial:
?El resultado de la decisi?n de Bismarck de 1879 (la adopci?n del proteccionismo) fue que Alemania tom? el papel del revolucionario; es decir, de un estado cuya posici?n en relaci?n con el resto del mundo es la de representar un sistema econ?mico superior y m?s avanzado... nuestras concepciones de Liberalismo, Democracia y otras por el estilo, se derivan de las de las ideas del Individualismo Ingl?s, seg?n las que un estado liberal es un estado con un gobierno d?bil, y donde toda restriccion de la libertad del individuo es concebida como un producto de la autocracia y el militarismo?.
En Alemania, ?a la lucha por el sociaismo ha sido extraordinariamente simplificada puesto que todos sus prerrequisitos ya se han establecido?.
?Los conceptos pol?ticos de ?libertad? y ?derechos civiles?, de constitucionalismo y parlamentarismo se han derivado de la concepci?n individualista del mundo, de la que el Liberalismo Ingl?s en la encarnaci?n cl?sica... Pero estos est?ndares han sido destrozados por esta guerra. Lo que hay que hacer es desembarazarse de estas ideas pol?ticas heredadas y ayudar al crecimento de una nueva concepci?n del Estado y la Sociedad. Tambi?n en esta esfera el Socialismo tiene que representar una oposicion consciente y firme al individualismo?.
En su libro ?Prusianismo y Socialismo?, publicado en 1920, Oswald Spengler dec?a:
?El viejo esp?ritu prusiano y la convicci?n socialista, que hoy se odian con el odio de hermanos, son uno y lo mismo?. ?Los representantes de la Civiliaci?n Occidental en Alemania, los liberales alemanes, son ?el invisible ej?rcito ingl?s que, tras la batalla de Jena, Napole?n dej? detr?s en el suelo alem?n?.
?La estructura de la naci?n inglesa est? basada en la distinci?n entre ricos y pobres, la del prusiano est? basada entre mando y obediencia. Por consiguiente, el significado de las diferencias de clase es fundamentalmente diferente en los dos pa?ses?.
La ?idea prusiana? requer?a que todo el mundo fuera un funcionario del estado, que todos los sueldos y salarios fueran determinados por el estado. La administraci?n de toda propiedad, en particular, se convert?a en una funci?n asalariada.
Pero ?la cuesti?n decisiva no s?lo para Alemania sino para el mundo, y que tiene que ser resuelta por Alemania para el mundo es: En el futuro, ?gobernar? el comercio al estado, o gobernar? e estado al comercio?. Frente a esta cuesti?n, Prusianismo y Socialismo son lo mmismo... Prusianismo y Socialismo combaten a Inglaterra en nuestro medio...?
Fue as? que la guerra misma lleg? a definirse como una guerra entre Socialismo y Liberalismo como, entre otros, dijera Van den Bruck, un te?rico nazi. El verdadero archienemigo siempre fue el liberalismo. La lucha contra el liberalismo en todas sus formas, el liberalismo que hab?a derrotado a Alemania, era la idea com?n que un?a a socialistas y a conservadores en un solo frente. Al principio fue fundamentalmente en el Movimiento de la Juventud Alemana, que era casi completamente socialista en su inspiraci?n y puntos de vista, donde estas ideas fueron m?s r?pidamente aceptadas y donde se complet? la fusi?n entre el socialismo y el nacionalismo.

(12) Buscar la definici?n de ?socialismo conservador? al final del Manifiesto Comunista.



Cap?tulo XIII
Los totalitarios en nuestro medio


Como he sugerido en estas p?ginas, la situaci?n actual en las democracias occidentales no se parece tanto a las condiciones actuales de Alemania (1944) como a las condiciones de hace veinte o treinta a?os. La creciente veneraci?n por el estado, la admiraci?n por el poder y de la grandeza por la grandeza misma, el entusiasmo por la ?organizaci?n? de todo (que ahora se llama ?planificaci?n?) y la ?incapacidad de dejar nada al simple crecimento org?nico? son tan notables hoy en Inglaterra como ayer lo eran en Alemania. Hombres como Lord Morley o Henry Sidwick, como Lord Acton o Dicey que eran admirados en todo el mundo como ejemplos sobresalientes de la sabidur?a politica de Inglatera son, para la presente generaci?n, obsoletos victorianos.
Ninguna descripci?n en t?rminos generales puede dar una idea adecuada de la similariad que existe entre la actual literatura
pol?tica inglesa y los trabajos que destruyeron la creencia en la Civilizaci?n Occidental en Alemania y crearon el estado de ?nimo en el que pudo triunfar el nazismo.
La impaciencia con el estilo del hombre com?n, tan caracter?stica del experto, y el desprecio por todo lo que no haya sido conscientemente organizado por mentes superiores seg?n modelos ?cient?ficos? eran fen?menos familiares en la vida p?blica aleman generaciones antes de que se volvieran significativos en Inglaterra.
Como dec?a Julien Benda en la Trahison des Clercs (La Traici?n d los Intelectuales) ?hay que observar que el dogma de que la historia obedece a leyes cient?ficas es predicado especialmente por los partidarios de la autoridad arbitraria. Esto es natural puesto que de esa forma se eliminan las dos realidades que m?s odian: la libertad humana y la acci?n hist?rica del individuo?.



Cap?tulo XIV
Condiciones materiales y fines ideales


En el pasado, ha sido la sumisi?n a las fuerzas impersonales el mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilizaci?n. Es esta sumisi?n lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturleza. Esto no s?lo es el camino hacia el totalitarismo sino tambi?n el camino hacia la destrucci? de nuestra civilizaci?n y, ciertamente, la mejomanera de bloquear el progreso.
La libertad individual no puede reconciliarse con la supremac?a de un objetivo ?nico al que toda la sociedad tenga que estar entera y permanentemente subordinada. La ?nica excepci?n es la guerra u otra situaci?n impuesta por un desastre.
Los moralistas que enarbolan las banderas de la ?justicia social? deben recordar que la moral es necesariamente un fen?meno individual. S?lo puede existir en la esfera en que el individuo es libre de optar por si mismo, de decidir si sacrificar alguna ventaja material a una regla moral. Fuera de la esfera de la responsabilidad individual no existe ni bien ni mal, ni oportunidad de m?rito moral. No tenemos derecho a ser altruistas a costa de otros, ni hay ning?n merito en el altruismo obligatorio.
Un movimiento cuya principal promesa sea la de aliviar la responsabilidad individual no puede sino tener efectos antimorales. La independencia, la confianza en si mismo, la disposici?n a correr riesgos, la disposicion a respaldar las convicciones personales contra una mayor?a, la disposici?n a la cooperaci?n voluntaria, la tolerancia frente al diferente y al extra?o, el respeto por la costumbre y la tradic?n, y una saludable suspicacia con el poder y la autoridad son las virtudes sobre las que descansa una sociedad individualista. El colectivismo no tiene nada con que sustituirlas como no sea la obediencia.
En la sociedad moderna las orientaciones a respetar ya no son la libertad del indiividuo, su libertad de movimiento o de expresi?n. Son, por el contario, los niveles protegidos de este grupo o aquel, su ?derecho? a exluir a otros de darle a sus conciudadanos lo que les hace falta (13). La discriminaci?n entre miembros y no miembros de grupos cerrados es aceptada cada vez m?s como algo natural; las injusticias contra los individuos en inter?s de ciertos grupos son vistas con creciente indiferencia.

(13) En este sentido hay que tener mucho cuidado con la proliferaci?n de supuestos ?derechos? impulsada por la izquierda
contempor?nea. Los verdaderos derechos s?lo apuntan a protegen al individuo frente a la arbitrariedad del poder. Pero la izquierda contempor?nea promueve muchos ?derechos? que no son tales sino simples aspiraciones cuya implementaci?n llevar?a a una ?justicia distributiva? y, por consiguiente, al resurgimiento de los problemas discutidos en este libro. Cuando se habla del ?derecho al trabajo?, por ejemplo, ?qui?n va a tener el deber, o la obligaci?n, de emplear? Y ?qu? signfica el derecho a una retribuci?n ?equitativa? y ?satisfactoria?? ?Acaso los salarios no est?n determinados, como cualquier otro factor de la producci?n, por las leyes de la oferta y la demanda? Y, si no es el mercado, ?qui?n determina entonces lo que es ?equitativo? y ?satisfactorio?? La Declaraci?n Universal de 1948 fue un documento de compromiso, elaborado bajo la presi?n de la Uni?n Sovi?tica y en medio del apogeo del New Deal. No hay que olvidarlo. Creo que hay que reflexionar sobre estos temas para no volver a ser v?ctimas de la misma demagogia de que hemos sido v?ctimas en el pasado.


Cap?tulo XV
Las perspecivas del orden internacional


Otro campo donde el mundo tambi?n ha pagado caro el abandono del liberalismo del siglo XIX ha sido en el de las relaciones internacionales. Tambi?n en este terreno las actuales concepcione sobre lo que es deseable y practicable pueden producir resultados completamente opuestos a los perseguidos. Es una ilusi?n fatal creer que sustituir la competencia por los mercados por las negociaciones entre los estados tiende a reducir las fricciones internacionales. Esto no es mas que trasladar la competencia entre empresas a la competencia entre estados poderosos y armados.
No se puede creer que las limitaciones e inconvenientes de la planificaci?n a escala nacional pueden superarse llevando la misma a una escala internacional. Mientras m?s aumenta la escala de la planificacion, m?s se va limitando la esfera de los acuerdos y m?s aumenta la necesidad de la compulsi?n. Si se llegara a considerar como la obligacion de una cualquier autoridad internacional el producir una justicia distributiva entre diferentes pueblos, la lucha de clases se covertir?a en una lucha entre los trabajadores de distintos pa?ses. Las consecuencia de planificar para igualar los niveles de vida de distintos pa?ses tendr?an que ser necesariamente desastrosos.
Todos estamos de acuerdo en ayudar a elevar su nivel de vida a los pueblos m?s pobres. Pero, en ese sentido, la mejor ayuda es ayudar a mantener el orden y a crear las condiciones en las que la gente misma pueda desarrollar su propia vida. Nunca, en ninguna parte, ha funcionado bien la democracia sin una gran medida de autogobierno que represente una escuela de entrenamiento pol?ticopara todos, y para los futuros l?deres. Es s?lo cuando la responsabilidad en asuntos con los que la gente est? familiarizada puede aprenderse y practicarse, es s?lo cuando la acci?n est orientada por las necesidades de nuestros vecinos y no por algunos principios abstractos, cuando la gente sencilla puede llegar aparticipar efectivamente en los asuntos p?blicos.
Sin duda, una de las mejores salvaguardas de la paz ser?a una autoridad internacional que limitara el poder del estado sobre losindividuos. Usado con sabidur?a, el principio federal pudiera ser la mejor soluci?n para muchos de los problemas m?s dif?ciles del mundo. Poder reducir el riego de fricciones que puedan llevar a la guerra es probablemente todo lo que podamos y debamos esperar.


Cap?tulo XVI
Conclusi?n


Si hemos fallado en nuestro intento por crear un mundo de hombres libres, tenemos que tratar otra vez. Pero lo que no debemos olvidar nunca es que una pol?tica de libertad para el individuo es la ?nica verdaderamente progresista, y que esto sigue siendo tan cierto hoy como lo fue en el siglo XIX.

Fin




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